miércoles, 14 de enero de 2009

INDUSTRIA -modelo británico-

El estado de la cuestión sobre la Revolución Industrial ha variado notablemente con respecto a los años ’60-’70 del siglo XX, cuando se tomaba como punto de partida, desde el siglo XIX, el mundo fabril. Actualmente, se observa una mayor complejidad, al tener en cuenta los precedentes establecidos por el domestic system, en cuanto a los modelos de crecimiento económico.

La industrialización siguió un modelo muy irregular tanto en el desarrollo regional como a escala sectorial, dentro de la propia economía. El crecimiento de la industria británica, para el siglo XVIII, se produjo tanto en el marco de la manufactura artesanal y casera, como en el de las nuevas fábricas y talleres mecanizados.

Valoraciones más recientes ponen de manifiesto que el crecimiento fue más pausado pero, a su vez, más firme de lo que se pensaba en estudios anteriores. Si damos crédito al conjunto de los datos –atendiendo a parámetros tales como la producción total, la población o la producción agrícola—, la mayor parte del siglo XVIII se representa como un período de escaso cambio[1].

Cuando se requieren especializaciones, el empresario o, incluso, la propia Corona las concentran en un mismo espacio –esta idea tiene su germen en Flandes y en la Florencia medieval, generalizándose a partir de 1500—, aglutinando distintos modos de producción lo que equivale a una notable diferencia con respecto al domestic system, y no sólo constituye un ámbito económico sino que generan un marco de sociabilidad.

Las fábricas, obviamente, no se limitaban a la industria textil; también se fundan altos hornos que traen consigo una novedad técnica importante, ya que facilita el trabajo del hierro de un modo más eficiente. Se debe señalar, en este punto, la explotación de las minas de plata del Tirol, donde se emplean casi 7.000 trabajadores ya en el siglo XVII; aunque el caso más excepcional es el representado por las minas de Potosí, que contaba con una población cercana a los 100.000 habitantes y la gran mayoría participaban en la explotación de dichas minas.

Es evidente, por otra parte, que el gran trío de la Revolución Industrial –algodón, hierro e ingeniería— representaba una mínima parte de la industria y producía, solamente, una cuarta parte de las manufacturas británicas; mientras que los antiguos procesos agrícolas –molienda, cocción, fabricación de la cerveza y destilación—, las industrias textiles tradicionales y el tratamiento del cuero producían unos ingresos superiores que los producidos por las industrias tecnológicamente más avanzadas. Lo que indica la especial relevancia que mantienen la agricultura y la ganadería como sectores complementarios a la producción industrial.

De cualquier modo, para quien estudia la Historia económica y social, la Revolución Industrial se caracteriza por multitud de hechos nuevos que permiten una transición, en mayor o menor medida, rápida de la producción casera o en pequeños talleres –domestic system— a la producción en fábricas, donde se observa un paso de la manufactura a la maquino-factura[2].

El caso de Inglaterra se presenta muy significativo. Durante el siglo XVI, se manufacturarán dos tipos de lana: paños y estambrados –new draperies—. Los primeros, son tejidos muy finos de lana que dominaron el comercio durante la totalidad del siglo XVI. Los segundos, en cambio, son de peor calidad pero más asequibles en cuanto a precio, lo que les permite ir copando los mercados. Se debe recordar que en estos momentos se está sufriendo un alza en los precios que dificulta las condiciones de vida de la población.

Estos nuevos paños alcanzarán el Nuevo Mundo y se extienden por el Mediterráneo debido, principalmente, a su adaptabilidad al clima característico de estos lugares. Además, llegan al Norte, ya que cuentan con la ventaja de ser fácilmente modificables y poderse adaptar a climas más fríos.

Promovieron la dispersión geográfica, porque no necesitaban producirse en los lugares tradicionales y, por tanto, se podían establecer más cerca de los puntos de venta, lo que les hacía más dinámicos y suponía un descenso en los costes de transporte y, por consiguiente, una reducción de su coste abaratando su valor. En definitiva, se hacen asequibles.

Esta industria creció por el sureste inglés. En su fabricación tomaron parte muchos emigrantes procedentes de Flandes. La industria inglesa se vio favorecida por esta nueva rama lo que desembocó en la proliferación de este tipo de industrias, llegando a producirse el despegue de la industria inglesa.

Junto a este tipo de industria se dan otros sectores destacables como, por ejemplo, el de la construcción –promovido por los factores demográficos— que, a su vez, incide en otras ramas, como la fabricación del vidrio. Otro ejemplo notable lo representa el carbón –cuyo auge se da en el siglo XVII aunque se experimente ya desde el siglo precedente— que se dispara debido a la difusión y creación de altos hornos que requieren nuevas fuentes de energía.

[1] BERG, M: La era de las revoluciones, 1700-1820: una nueva historia de la revolución industrial británica; Barcelona, Crítica, 1987.
[2] CIPOLLA, C. M. (ed.): Historia económica de Europa; vol. III., La revolución industrial; Barcelona, Ariel, 1983.